domingo, noviembre 19

Reliquias y otras que no lo eran tanto


El origen del tesoro que constituye el relicario de nuestra Catedral se halla unido a los nombres de Pedro IV el Ceremonioso, Juan I y Martín el Humano, siendo la primera reliquia llegada la espina de la Corona de Cristo que envió san Luis, rey de Francia, en marzo de 1256, a la que siguieron otras donaciones de príncipes y reyes. Alfonso V el Magnánimo hizo entrega al Cabildo, el 11 de abril de 1424, del cuerpo de San Luis, obispo de Tolosa, botín de guerra tomado en su asalto a Marsella, que nos recuerdan las cadenas de su puerto en los muros de la capilla del Santo Cáliz; después añadió otro nuevo depósito, el 18 de marzo de 1437, que sirvió de garantía para los préstamos que sucesivamente le hicieron la Ciudad y el Cabildo para financiar las costosas campañas de la conquista de Nápoles; sin embargo, estaba reservado al papa Borja valenciano, Calixto III, la entrega de tal cantidad de reliquias, y tan importantes, que hicieron célebre en toda Europa a nuestra Catedral por este motivo; eran cincuenta y cuatro, depositadas en dos arquetas, todas ellas documentadas con su auténtica, siendo recibidas el 17 de abril de 1458 en las puertas de la ciudad por las autoridades civiles y eclesiásticas, que dispensaron honores de nuncio y comisario apostólico a su portador, el canónigo de nuestra catedral Antonio Bou. El papa Sixto V concedió indulgencias a los fieles que las veneraran e impuso la excomunión a quienes extrajesen alguna reliquia, incluso siendo prelados; el Cabildo construyó armario con llaves de seguridad y nuevos y preciosos relicarios para contenerlas. Lamentablemente, el expolio sufrido por el relicario en 1812 para acuñar moneda redujo notablemente su volumen.


El acto de presentarlas a pública veneración era de gran solemnidad. En el siglo XV se hacía el día de Viernes Santo; el prelado tomaba entre sus manos las más insignes y dirigía a los fieles una tierna exhortación. En el siglo XVI, se celebraba la solemnidad el primer día de Pascua, antes del rezo de las completas, con el ceremonial que consigna la consueta de aquella época. El 20 de abril de 1610 se hizo nueva Constitución para su veneración y, desde esa fecha y hasta bien entrado el siglo XIX, se hizo el segundo día de Pascua. Cada reliquia tenía su ceremonial de exposición pública; así consta en una preciosa vitela del siglo XV conservada en el archivo de la Catedral, escrita por Nicolás Vallés e iluminada con bellas letras capitales por Pere Crespí. Posteriormente, un folleto con el título de “Explicació de les sanctes reliquies que ha en la Sta. Esglesia Metropolitana de Valencia, les quals se mostren lo segon dia de Pasqua de Resurectio, cascun any. Por Jusep Tomas Nebot, front a la Esglesia Parroquial de St. Tomás. Any 1820”, explica nuevamente el ritual.


Al margen de las reliquias que, con mayor o menor grado de autenticidad y venerabilidad, venían a constituir mayoritariamente su contenido, había otras que realmente sorprendieron a los viajeros, causando extrañeza, cuando no escepticismo e incluso hilaridad (razón por la que en distintas depuraciones fueron apartadas del relicario). Tal es el caso del testimonio del francés Des Essarts que, en el siglo XVII decía: “Enseñan aquí el cáliz que sirvió a Nuestro Señor en la Cena, es de ágata; su camisa siendo niño, en la que no hay costura, y la creen hecha de manos de la Virgen Santísima, de la cual tienen también leche, los cabellos y el peine. Esto está en una cajita cubierta de diamantes, de manera que solamente se ven algunos cabellos que parecen rubios. Hay un diente de san Cristóbal de cuatro dedos de largo y de tres de ancho. Hay también trozos de la verdadera Cruz, uno de los Inocentes y dos de las monedas de Judas, que son de plata, con una cara de un lado y del otro un tulipán”.

Santo Cáliz
Mas si el venerable Santo Cáliz que, tras su periplo por San Juan de la Peña, la Aljafería, el Palacio del Real, el éxodo hacia las Baleares huyendo del expolio francés en 1809, llegó de nuevo a Valencia para ser instalado en la antigua aula capitular en 1916, flanqueado por los relieves del antiguo trascoro; o las otras muchas reliquias auténticas, merecen toda nuestra devoción y respeto, hay otras de las citadas por Des Essarts que, cuanto menos, provocan cierto desconcierto o sorpresa, como le ocurrió al francés. Recordemos alguna de ellas.

La camisita del Niño Jesús es un pedazo de túnica de seda, colocado dentro de un tubo de cristal, con guarniciones de plata sobredorada sobre un pie gótico con tres escudos esmaltados con las armas de Aragón y tres con las de Sicilia. Su ceremonial de exposición decía:
“Devots Christians, aquesta es la Camisa de Jesus Salvador nostre, la qual gloriosa Verge Maria li feu de ses mans, sense costura; ha grans perdons, haventli bona devoció, digau axí:

Reyna del cel,
puix vostres mans sagrades saberen fer camisa sens cosir,
vullaunos vos en aquest mon vestir de gran virtuts y obres remuntades’’.

También la leche de la Virgen era objeto de pública veneración: “Devots Christians, en lo present relicari ha de la llet ab que la gloriosa Verge María alletava son fill Jesus; haventli bona devoció digau axí:
De sancta Llet ab que Jesus nodriren, Verge sens par, vostres Mamelles sanctes feu que nodrits,
los que devots la miren,
sien per vos,
puix gracies en feu tantes’’.

Pero, al margen del cuerpo del inocente conservado como reliquia de aquella matanza perpetrada por orden de Herodes, procedente de las reliquias del Magnánimo, o de las dos monedas de plata pertenecientes a las treinta que Judas cobró por la entrega de Cristo, la muela de San Cristóbal, apartada del relicario en tiempos del prelado Francisco Fabián y Fuero, a finales del siglo XVIII, fue objeto del interés del Padre Villanueva en su Viaje literario a las iglesias de España, publicado a principios del siglo XIX. Dice el dominico: “Se me olvidaba decir algo de una muela de extraordinaria magnitud, tenida por de San Cristóbal, que guardaba entre sus reliquias esta iglesia, en cuya manifestación al pueblo se leían estas palabras:

Christofol gran en virtuts y persona e martyr sant, del qual hui lo quexal tots contemplam, pregam à Deu eternal que del infern la pena nons confona’’.

Mas, no desapareció la referida muela de san Cristóbal; pues, añade el P. Villanueva: “No extrañaría yo que correspondiese al colmillo, que como reliquia del mismo santo mártir conserva este mi Convento de Predicadores, cuyo dibuxo envio hecho exactamente por el natural, de mano del citado P. Hernandez, con las cuatro vistas necesarias para formar juicio de su convexidad, de la profundidad de sus raíces, y del estado en que lo dexáron los que por devoción han limado y aun desgajado de él algunas partecillas. Es blanco, algo ennegrecido en la raíz, y como tostado en lo liso de la parte convexa”. Curiosamente, de toda la copiosa información que da en su visita a la Catedral Metropolitana, sólo merecieron ser representadas gráficamente en su obra dos cosas: el Santo Cáliz de la Cena y la Muela de San Cristóbal.

Es evidente que con ser un gigantón san Cristóbal, tal como presentaba el gremio de los peraires a su santo patrón, en su casa de la calle de Cañete, con el Niño Jesús al hombro y junto a una palmera... a tal muela... tal hombre. Por eso el cronista Escolano, en su extensa cita sobre las reliquias expone sus dudas sobre la autenticidad de la misma: “... ha de ser de hombre ó de algún bruto animal... Si es de bruto animal, ofende los oídos que siéndolo pase por reliquia de santo...”.
Fuente:Las Provincias

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